Sara, una odisea del abismo

En un cine saturado de imágenes que se suceden con la velocidad de un videoclip, Sara se presenta como una revelación, un grito visceral que no busca seducir ni apaciguar al espectador, sino sacudirlo hasta sus cimientos. Su próximo pre estreno en Villa Mercedes, programado para el 18 de diciembre, llega con el eco de un trabajo en proceso, una obra en constante perfeccionamiento que encuentra en la mirada ajena un medio para profundizar en su propio abismo.

Lejos de ser un filme que compite por el aplauso fácil, Sara se erige como una construcción desafiante, un testimonio de la memoria y el olvido, que exige no solo ser visto, sino entendido en toda su complejidad.

La película, que comenzó su recorrido en San Luis y luego transitó las funciones privadas de Casa Mollo, se desmarca de cualquier intento de virtuosismo visual. Aquí, la imagen no se emplea como simple ornamento, sino como vehículo de un contenido más profundo, que se despliega en el tiempo y el espacio de una manera orgánica y cruelmente precisa.

Sara no se permite los lujos de la belleza técnica, sino que se concentra en la angustia del ser humano, en sus silencios, en los tiempos desbordados por la incomprensión, el encierro y el horror. Cada plano, cada encuadre, parece invocar un vacío, una ausencia fundamental que se convierte en el verdadero protagonista del relato.


La narración espástica que elige la dirección del filme no es casual: Sara no busca una belleza superficial, ni un ritmo que fluya con la artificialidad del cine contemporáneo. Cada fragmento de la película es un golpe contra la realidad, una inmersión en lo que no se dice, en lo que nunca fue verbalizado pero que todos los involucrados saben, sienten y callan. La película se adentra en los pliegues más oscuros de la dictadura militar, esa era en la que los horrores más terribles no se mencionaban, pero se respiraban en el aire. En Sara, el horror no se presenta explícitamente, sino en sus márgenes, en lo que no se ve, en lo que permanece fuera del campo visual.

Este horror no reside en los personajes en sí, sino en el vacío que habita en su interior, en los gestos no dichos, en los espacios vacíos de una memoria fragmentada. Como bien señaló Pompeyo Audivert, Sara es el piedrazo sobre el espejo: no es la imagen que uno quiere ver, sino la imagen que uno debe ver, la que está rota y esconde una complejidad inabarcable. La película no se permite el consuelo de la verdad completa. En lugar de una estética de la belleza, se establece una construcción del lenguaje que nos enfrenta con la monstruosidad de lo ausente.

El lenguaje de Sara es monástico, austero, hecho con los pocos recursos que se necesitan para desvelar lo invisible. Aquí, las actrices y actores no son meros intérpretes, sino los vehículos a través de los cuales el horror se hace tangible. No es un film que dependa de efectos visuales o una puesta en escena sobrecargada; la riqueza de la película reside en lo que no se ve, en lo que se deja fuera de campo, en lo que se intuye pero no se muestra. Cada escena está construida a partir de la ausencia, de la memoria, de lo que ha sido borrado o silenciado. En este sentido, Sara es más que un relato sobre el pasado; es una reflexión sobre el vacío, sobre la construcción de lo que no puede ser dicho, sobre la reconstrucción de lo perdido, en tiempo real.

Sara no es un filme cómodo, ni busca la catarsis fácil o la empatía superficial. Es una película que obliga al espectador a confrontar la complejidad de la existencia humana, a mirar hacia lo que está fuera de su alcance. Es un testimonio de la memoria, pero también de la imposibilidad de reconstruirla por completo.
Con su exhibición en Villa Mercedes, el filme comienza una nueva fase, no solo en su circuito de exhibición, sino en su proceso de maduración, de diálogo con su público. En Sara, la ausencia se convierte en presencia, y esa es, sin lugar a dudas, su mayor desafío.

Proyección: Miércoles 18 de diciembre, 20 horas. Auditorio: Universidad Nacional de Villa Mercedes. Junín 132. Entrada libre y gratuita. Capacidad limitada. Organizan: UNVIME (Secretaría de Extensión), Fundación Sol de Noche.

Algunos comentarios del público
El ejercicio de ver Sara implica remover las fibras más oscuras de nuestra historia. Antonella Biondi (periodista y docente universitaria).

En Sara hay vida y presencia. Alfredo Caminos (guionista, director y docente universitario).

Excelente cortometraje. Te deja sin aire, y te quita las palabras. Un trabajo visceral y sensorial. José Luis Rosas. (director de cine y docente).

Pensé en Borges, nada menos, y en sus descripciones del infierno. Alberto Tricarico (escritor, director y docente).

Narrada con crudeza, austeridad y economía de recursos. Impresionante la actuación de Juliana Saravia, la fotografía expresionista, la construcción sonora y musical. Maximiliano Laina (Documentalista).
Aquel que vaya a ver esta película le recomiendo que se fortalezca emocionalmente. Porque es muy poderosa. Rodolfo Garavagno (Compositor internacional, cineasta y escritor).


Gran película sobre un tema desgarrador. Gastón Biagioni (actor de cine y teatro).

Sara es visceral. En el corto tiempo pasa vida, pasa historia. Sara es pasado y presente. Inés Sánchez (Lic. En Trabajo Social).

Nos puso en la piel del personaje. No pudimos dejar de pensar, como madres, que éramos una de ellas. Susana Saad (Médica y escritora).

Éxito rotundo en el estreno del cortometraje en el Auditorio Mauricio López. Una producción totalmente puntana. Oscar Flores (Periodista).

Fuimos a ver el estreno de Sara en familia, con mi hijo de 11 años. Fue una gran decisión haber ido con él. Al finalizar y de camino al auto, nos fue haciendo preguntas sobre el golpe de estado en nuestro país, la apropiación de bebés…fue una buena ocasión para hablar del tema, reflexionar y «pasar memoria». Valeria Pascualini (docente universitaria).